Un Apóstol del Silencio

por Julio Sánchez

Crítico de arte, Profesor y Licenciado en Historia del Arte.

Entre los qom era meritorio aprender a guardar silencio o hablar solo lo imprescindible. El silencio servía para proteger la intimidad espiritual y reforzar los vínculos con la Naturaleza. Los qom fueron llamados tobas por los blancos y habitan el Chaco argentino. Escena de Rapsodia en Agosto del director japonés Akira Kurosawa: una anciana sobreviviente de la explosión atómica que destruyó Nagasaki es visitada por su vieja amiga. Se sientan a tomar el té y permanecen callada. Uno de los nietos piensa que su abuela está medio loca, porque no pronuncia palabra frente a su visita.

Existe una cultura del silencio que es universal y atemporal. Y de ella participan las pinturas de Martín La Rosa. En sus obras hay algunos hombres que no ocupan el centro de la escena, más bien son una nota al pie del silencio. Las horizontales del piso acentúan la quietud. En uno de sus cuadros hay un lienzo blanco que cubre una tabla sostenida por dos caballetes, como un rústico e improvisado altar. Sobre él se acurruca un hombre. Lo protege un silencio infinito, lo ampara una luz de trepidad. Parece el sueño de un hombre que se sueña a sí mismo.

Otro hombre apoya su brazo sobre un mueble incierto. No hay nada más que une pared y el piso. El personaje es como un vecino que se sienta en el umbral de su casa para ver pasar a los moradores ausentes de un pueblo desierto. Pero está adentro de una habitación muda. Una calma sobrenatural demora la espera de alguien que no llega. En otro cuadro, un hombre de barba sentado en una silla y con el mismo entorno mira hacia arriba, pero nada irrumpe. Sólo una minúscula diferencia de matices en la l uz que lo cubre. Parece que sólo cuando nos aquietamos podemos distinguir las sutilezas que nos rodea. En el poema 63 del Tao Te King se lee: Practica el no actuar, dedícate a no ocuparte en nada, saborea lo que no tiene sabor. En otra serie de obras Martín pinta, con la precisión de un pincel flamenco, naturalezas muertas. Aunque mejor sería la traducción literal del inglés still life: vida quieta. Hay frascos y botellas vacías; pura transparencia, puro continente sin contenido. Los membrillos son la única compañía viva. Algunos son frescos y jóvenes, otros evidencian el paso del tiempo en una maduración excesiva. Y lo que en otros cuadros parecía suspenderse sirva tiempo, aquí cobra la dimensión de las vanitas, aquella inspirada en el Eclesiastés, la pompa vana y efímera.

La pintura de Martín se apoya en la luz menos dramática de Caravaggio, en el sol más melancólico de Vermeer, en la densidad crepuscular de Morandi y en su propia mirada reservada. Pero el tiempo y la luz parecen ser los verdaderos pilares de sus cuadros. Los vidrios, las lozas, las frutas y los hombres son apéndices de la eternidad. Su pintura genera en el espectador el mismo silencio que representa. En última serie hay más mérito que la técnica sobresaliente. Hay otro valor superior y es el poder conectarse con algo más profundo y más verdadero. Como los qom, comola anciana de Kurosawa.