Martín La Rosa: Pintor

por Pedro Cano

A través de una llamada telefónica, conocí a Martín La Rosa. El maestro Guillermo Roux le había indicado que antes de dejar Italia, donde había residido durante un período, me visitase. Al día siguiente de nuestro contacto telefónico, llegó Martín a mi estudio, acompañado de Amorina, su compañera, y el sonido de sus voces con acento porteño, trajeron hasta Roma, recuerdos de esa Buenos Aires que tanto amo.

Como es natural entre pintores, yo le enseñé mi obra y él me mostró la suya. Preparaba entonces, mi trabajo sobre la muralla de la ciudad eterna en grandes acuarelas que representaban recto y verso las catorce puertas que quedaron en pie en el círculo de piedra que todavía abraza Roma.

Él me enseñó unas telas donde la intensidad iba en paralelo con un mundo mágico en el que los que blancos aparecían, me llevaron a las azucenas y los monjes de Zurbarán.

Tanto Martín como yo, sabíamos que era la primera visita, pero no la última que nos íbamos a hacer, y a partir de entonces, una conversación no interrumpida nos ha tenido intercambiando imágenes sobre nuestros trabajos en ejecución.

Vi en estos años, cómo la obra del joven, pero poderoso pintor, iba creciendo paso a paso, sin dejar nunca ese hondo sentido de la vida que tanto me impresionó la primera vez.

Para mí, la obra de Martín La Rosa, se mueve en dos líneas, entre dos historias. Una, la más poética, es la de sus hermosos bodegones que como en un altar laico se mezclan las frutas, las hojas y los objetos, como a la espera de un misterioso ritual. Parece que el tiempo se ha detenido, para que el espectador pueda introducir su mirada en ese instante mágico, donde la voz dialoga con los enseres por donde resbala.

La otra cara del trabajo de Martín La Rosa, son sus retratos, a veces escuetos, esenciales, casi inundando todo el campo visivo, como si fuesen a ser posados encima de una momia del Fayun, para dar fe en un futuro, de la fisonomía del hombre o la mujer que iban en su interior. Otras veces, el retrato sale a la calle, y la relación con lo cotidiano, crea una sensación de vértigo entre la arquitectura y los habitantes que las caminan. Un pequeño efecto de lupa deformante, hace que los elementos absolutamente visuales se transformen en escenas inquietantes como el mejor teatro de Valle Inclán.

En muchas culturas, incluso hoy, la figura del pintor crea sospechas. Parece ser que por algo mágico o diabólico que los pintores poseemos.

Yo creo que algo extraño sí hay en nosotros, cuando un pintor como Martín ha podido extraer de la vida esos mundos paralelos que son el germen de su trabajo, donde se enfrentan el blanco y el negro, la luz y la sombra, el día y la noche, construyendo una pintura madura y esencial, y escribiendo, con ella, una página importante en el cuaderno del arte argentino de hoy.