El silencioso mensaje de Martín La Rosa

Por Guillermo Roux

Sobre estas mesas se desarrolla un secreto ritual. Cubiertas de manteles blancos, sobre ellos limones, hojas secas, frascos de vidrio, platos, libros negros, dramatizan un diálogo silencioso. Proyecciones fantasmales de un espíritu que quiere comunicarnos un mensaje transmutado en objetos cotidianos. Leo el ordenamiento de estos objetos de izquierda a derecha queriendo comprender lo que ellos me transmiten. Sobre un fondo abstracto, en un lugar que no es afuera ni adentro, iluminados por una luz que no es visual ni mental, estas dramatizaciones, mesas rituales que parecen buscar la trascendencia tienen una vida silenciosa, discreta, transcurrir de los días, misterio de vivir. Membrillos, flores blancas, maceta negra, lámpara, botella con agua clara, vasija blanca, anteojos, papel negro, rama con espinas, corona de espinas. Dos diagonales que se cruzan, el fruto de la vida clara con su contrapartida, la dificultad del existir cotidiano. Y de esto también me hablan las figuras, seres hieráticos introspectivos.

La Rosa los representa queriendo entrar en lo más profundo de ellos, como los retratos del Fayum al final de la gran cultura egipcia, que nos revelan otra humanidad muy diferente de aquella a la que pertenecen los seres de Lucien Freud, violentos embrutecidos por el odio y la desesperanza. Estos seres de La Rosa se muestran frontalmente, y en su silenciosa dignidad quieren presentarse tal como son. La Rosa pinta hombres y mujeres como él los ve, sin atributos, porque les basta con existir. Los pintores del Fayum retrataban aquellos seres con implacable precisión, para que los dioses pudieran reconocerlos más allá de los tiempos. Pareciera que Martín quiere lo mismo para hombres y mujeres de esta ciudad de Buenos Aires.

Dentro de la ambigüedad que encierra la idea de la pintura de la realidad, La Rosa, buscando la trascendencia de lo cotidiano, encuentra una voz que lo distingue.