Una pluma al vieto

por Trinidad Fombella

Como una pluma al viento, con un destino pero sin rumbo, que busca su lugar, liviana, transparente, y sobretodo frágil, la mirada del observador debe acompañar el recorrido y pasear tranquilo por el cuaderno de notas de un maestro dibujante y talentoso pintor que acumula recuerdos y colecciona imágenes de los viajes de la vida. Destacándose por su estilo clásico e impecable, inclusive citando grandes maestros neerlandeses, las obras no se dejan confundir ni afectar por corrientes pasajeras. Lo maravilloso del encuentro con Martín La Rosa es que su obra nos abre una puerta a un lugar donde la melancolía se convierte en un recuerdo dulce, devolviéndonos una esperanza de revivir ese instante que se fue en un suspiro.

Sus pinturas son una mirada acerca de la vida, mientras va retratando el tiempo, el cual se vive con todos los sentidos; presentan una búsqueda que retrata otra ausencia, un silencio que nos permite escuchar, ver, oler y tocar. Sentir a través de nuestros ojos. Desde un nacimiento, una foto antigua de alguien que se fue, a muñecas descartadas de una infancia feliz. Bodegones con frutas frescas sobre superficies blancas y suaves, también flores encontradas y cactus en macetas. El mar, con olas espumosas que mojan la arena y se hunden en la playa, los bosques de verano atravesados por la luz del amanecer, un camino que nos lleva de la mano a lo más profundo de nosotros mismos. ‘Toda pintura es un autorretrato’, dice Martín.

Una estrecha relación con las pinturas, como la del artista con sus obras, y la que se vislumbra entre las obras mismas, solo es posible si el observador se regala a sí mismo ese momento para ver. Detener el tiempo para que ese instante se convierta en una eternidad, dejarnos volar como un ave que se despliega, abre sus alas y se conecta con el paisaje, el cielo, la tierra. En tiempos de vértigo y velocidad de información, de eventos, de imágenes, la obra de Martin nos invita a estar, aprender a ver y hacer tiempo para emocionarnos.